Volver

«Rías Baixas: el vino del mar», artículo de Cristino Álvarez

16 de abril

El 20 de enero de 1961, en su discurso de toma de posesión como trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy pronunció la frase más citada, seguramente, de su carrera política. “no preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros; preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país”. No cabe ninguna duda de que la D.O. Rías Baixas, su Consejo Regulador, puede decir, sin faltar a la verdad, que fue mucho lo recibido del entorno… pero que lo han devuelto con intereses. La labor de los hombres del vino de las Rías Baixas ha supuesto un cambio espectacular en la zona, desde mi punto de vista para bien. Y en muchos terrenos.

En el económico, por supuesto. Quien tenga curiosidad puede acudir a la página web de la propia D.O. y comprobar cómo ha evolucionado, cómo han aumentado exponencialmente los datos en cuanto a número de viticultores y bodegas, cómo ha crecido la superficie de viñedo, cómo se ha disparado la producción de vino, cómo este vino está hoy presente en los mejores mercados del mundo…

Eso, en números. En calidad, el salto ha sido inmenso. En las Rías Baixas se elabora uno de los mejores vinos blancos del mundo cristiano, que es el mundo del vino. Un vino al que muchos siguen llamando joven… y vamos a aceptar que lo es, pero no porque haya que beberlo cuando aún es niño, sino porque, al fin y al cabo, a los veinticinco años se es todavía muy joven… Cambios en la economía de la zona, decíamos. Y también en el paisaje. Las parras, el granito, son ya consustanciales a la idea de Rías Baixas. Las gentes del vino evitaron que el paisaje único de las Rías Baixas se deteriorara: el espectáculo de las viñas es embellecedor y relajante. También ha habido un efecto arquitectónico, ya que la actividad vitivinícola ha servido para restaurar pazos casi abandonados, darles una función, una representación; la idea de “vino de pazo” está ya muy arraigada.

Pero lo más importante, para mí, es el cambio… de imagen. Cada vez es más la gente, en todo el mundo, que cuando oye hablar de las Rías Baixas asocia el nombre con el vino. Pude que muchos lo asocien con el marisco; pero, al fin y a cabo decir marisco es decir albariño de las Rías Baixas… Y no saben ustedes lo que supone que se hable de Rías Baixas por lo mejor que tiene.

Así que toda gratitud será poca por la gran labor de los hombres de las vides y los vinos de las Rías Baixas. Los vinos del mar, se les llama… Algunos de ellos lo son, como otros pocos grandes vinos atlánticos. Otros medran junto a los ríos, como la mayoría de los vinos ilustres del planeta. Vinos del mar, pero también son los vinos del fin del mundo… y los vinos del Paraíso, porque el Paraíso estaba en las Rías Baixas, y no en Mesopotamia, y sus ríos no eran el Pisón, el Gihón, el Éufrates y el Tigris, sino el Ulla, el Umia, el Tea, el Miño…

Vinos con geografía. Y con historia, aunque no sea la que imaginábamos. ¿Quiénes trajeron las uvas? Cunqueiro defendía la teoría de los monjes del Císter; hoy, la ciencia parece haber demostrado que no fue así, que esas uvas ya estaban. ¿Las traerían los romanos…? El hecho es que a mí me gusta seguir pensando en aquellos monjes, que harían emparentar los vinos de las Rías Baixas con los vinos del Rhin, del Saona… Aquí podríamos decir que es una pena que la frialdad de la ciencia estropee una bonita leyenda, porque, ¿qué sería de la historia sin leyendas?

Acabo. No diré que el vino de las Rías Baixas sea una leyenda, porque basta abrir una botella para constatar que es una brillante realidad. Así que abro una, virtualmente, para brindar en honor del Consejo Regulador de la D.O. Rías Baixas, reiterarle mi enhorabuena y desear que, quienes estén allí, tengan tantos motivos como nosotros para celebrar unas bodas de oro.